Imagen: Premium Health Sport
Las técnicas miofasciales están ganando presencia en estética porque abordan el tejido desde una perspectiva más profunda y funcional. En lugar de centrarse solo en la piel, trabajan la fascia, una red de tejido conectivo que influye directamente en la tensión, la movilidad y la expresión facial.
Aplicadas a rostro, cuello y mandíbula, estas técnicas ayudan a liberar tensiones acumuladas que muchas veces no son visibles, pero sí determinantes. Estrés, bruxismo, mala postura o sobreuso muscular generan restricciones fasciales que afectan a la simetría, al tono y a la sensación de rigidez.
El trabajo miofascial se caracteriza por presiones lentas, sostenidas y conscientes. No busca estimular de forma rápida, sino permitir que el tejido ceda y se reorganice. En el rostro, esto puede traducirse en rasgos más relajados, mejora de la movilidad y una expresión más descansada. En cuello y mandíbula, alivia tensiones profundas que suelen estar relacionadas con dolor, bloqueo o sensación de carga.
A nivel estético, los beneficios van más allá del aspecto inmediato. Al mejorar la calidad del tejido y la circulación, la piel responde mejor a otros tratamientos y mantiene los resultados durante más tiempo. Además, muchos clientes perciben una mejora clara en bienestar general, no solo en la zona tratada.
Para los profesionales, integrar técnicas miofasciales supone un cambio de enfoque. El tratamiento deja de ser puramente superficial y se convierte en una experiencia más terapéutica y consciente. Esto permite diferenciar el servicio, aumentar el valor percibido y atraer a clientes que buscan resultados reales y sensación de alivio, no solo un efecto visual temporal.
La estética miofascial conecta belleza y funcionalidad. Cuando el tejido se libera, el rostro no solo se ve mejor, se siente mejor.
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